Por Salvador López Arnal
El término poliética fue utilizado por el escritor italiano Paolo Maurensig (autor de La variante di Lunenbürg y Canone inverso) en un libro escrito a cuatro manos con Ricardo Illy (ex alcalde de Trieste). En España ha sido usado por Pablo Ródenas, profesor de ética y filosofía política en la Universidad de La Laguna, y por Francisco Fernández Buey (1943-2012), catedrático de la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Me baso en las consideraciones de este último.
“Poliética» es un término ambivalente que alude, por una parte, a la pluralidad de éticas, a la diversidad de concepciones y prácticas morales (lo que no implica, en ningún caso, admisión del relativismo ético, sino más bien una batalla creativa de ideas), y, por otra, es una palabra acuñada mediante el cruce de otras dos, ética y política, con el ánimo de sugerir una nueva vía al pensamiento filosófico en la que se fusionen la reflexión sobre la responsabilidad moral de nuestros actos y nuestros saberes políticos. Esta segunda acepción es, ciertamente, un desiderátum que nace en una época de manipulación política extrema de la ciudadanía.
Poliética no es todavía propiamente una disciplina filosófica, pero cuando las condiciones históricas del siglo XX y XXI (guerras muy crueles, revoluciones, exterminios, totalitarismos sanguinarios, armamento atómico, desigualdades crecientes, calentamiento global) dinamitaron las posibilidades de que un enlace racional entre la ética y la política fuera posible, unos cuantos hombres y mujeres (Brecht, Lukács, Weil, Arendt, Levi, Benjamin, Kraus, entre otros) se resistieron y se siguen resistiendo a negar esa posibilidad. Con posiciones políticas diversas pero con un mismo cuestionamiento a lo establecido en el orden moral y en la organización política de las sociedades en que vivían y viven, ofrecieron y siguen ofreciendo un conjunto de obras, reflexiones y prácticas que han contribuido y contribuyen a oxigenar el pensamiento y las acciones humanas.
En lo que tiene de innovador, el deseo de fundir ética y política ha oscilado, en palabras de Fernández Buey, entre la afirmación de que en el fondo todo es política y la afirmación de que no hay fondo, de que el ser es lo que aparece y que, por tanto, la política tiene que ser ética de lo colectivo, de la esfera pública, como señaló reiteradamente el lógico, traductor y filósofo español Manuel Sacristán Luzón (1925-1985).
Esta propuesta normativa arrancaría de dos consideraciones paralelas. En primer lugar, de la observación de que la separación entre ética y política, establecida en los orígenes de la modernidad europea (Maquiavelo), tuvo un fundamento metodológico pero ha sido pervertida en la vida práctica de las sociedades humanas para separar radicalmente la práctica política real de cualquier consideración moral. En segundo lugar, de la constatación de que los principales problemas que solemos llamar políticos remiten, en la mayoría de las ocasiones, a principios éticos esenciales y, viceversa, que no existen asuntos relativos a comportamientos privados que no finalicen, en última instancia, en consideraciones políticas o jurídico-políticas.
En el fondo, se trataría de la recuperación de un todo perdido una vez que se ha admitido, desde un punto de vista analítico, que conviene mantener separados el juicio ético y la reflexión política. La complejidad y necesidades de la vida social humana reclamaría su fusión, con cualidades emergentes.
Referencias. Aristóteles, Política, Madrid, Editora Nacional, 1977 (traducción, introducción y notas de Carlos García Gual y Aurelio Pérez Jiménez). Pierre Aubenque, La prudencia en Aristóteles (1963), Barcelona, Crítica, 1999. Francisco Fernández Buey, Ética y filosofía política, Barcelona, Ediciones Bellaterra, 2000. Francisco Fernández Buey, Poliética, Madrid, Editorial Losada, 2003. Ricardo Maliandi, Ética: conceptos y problemas, Buenos Aires, Editorial Biblos, 1994.


