Por Salvador López Arnal
El concepto de tercera cultura aspira a superar a la separación, fuertemente excluyente e incomunicativa en ocasiones, entre el ámbito de las “letras” y el de las “ciencias”, entre el mundo de la cultura y el de la técnica, como erróneamente se afirma en ocasiones.
La tercera cultura implica de diálogo necesario, obligatorio, entre las ciencias experimentales, las ciencias sociales y las humanidades. Las dos culturas tradicionales deberían confluir, de hecho, no en una tercera cultura, sino en la cultura, es decir, en una cultura sólida, diversa y amplia, basada en el pensamiento crítico, la única que nos puede permitir aspirar a ser ciudadanos competentes en sociedades cohesionadas y más justas.
Los partidarios de esta “tercera cultura”, de esa cultura sólida y amplia a la que hemos aludido, sostienen que no se puede tener una idea cabal de nuestras sociedades industriales sin entender cómo se crea la ciencia, sin comprender y evaluar, en la medida de nuestras fuerzas y sin aspirar a una especialización imposible en todos los dominios, el impacto de la tecnología en nuestra vida diaria, sin valorar las promesas y los peligros de la ciencia y la tecnología (lo que los sociólogos llaman “tecnociencia”).
De igual modo no es de recibo que investigadoras, científicos y tecnólogos sean incapaces de mirar más allá del microscopio o de sus instrumentos, aferrados a la falsa idea de la neutralidad de la ciencia, y no tomen conciencia de la complejidad y profundidad de los problemas poliéticos anexos a su actividad. A más capacidad de incidir sobre la naturaleza y la sociedad y de transformarlas, mayor es la responsabilidad de quienes generan conocimiento y lo convierten en tecnología. El “Proyecto Manhattan” y las bombas sobre Hiroshima y Hagasaki deben enseñarnos.
De lo anterior se infiere la necesidad imperiosa y urgente del diálogo entre ciencias (experimentales, sociales) y humanidades como distintas perspectivas de los saberes humanos y el conocimiento universal. Ignorar que Picasso pintó el Guernica es imperdonable, ha señalado el poeta, filósofo y científico Jorge Riechmann, pero creer, afirmar o escribir que debemos a Galileo la demostración de la redondez de la Tierra, o desconocer quiénes eran Copérnico, Kepler o Pasteur no serían errores menos esenciales.
El humanista de nuestra época, ha señalado por su parte Francisco Fernández Buey, no tiene por qué ser un científico en sentido estricto (ni seguramente puede serlo), pero tampoco tiene por qué ser necesariamente la contrafigura del científico natural o el representante finisecular del espíritu del profeta Jeremías, siempre quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica.
Si se limita a ser esa contrafigura, el literato, el filósofo, el intelectual tradicional (el humanista, en suma) tiene todas las de perder. Puede, desde luego, optar por callarse ante los descubrimientos científicos contemporáneos y abstenerse de intervenir en las polémicas públicas sobre las implicaciones de estos descubrimientos. Si obra así, dejaría de ser un contemporáneo. Se desembocaría entonces en una paradoja cada vez más frecuente: la del filósofo o humanista posmoderno contemporáneo, de hecho, de la pre-modernidad (europea u oriental).
Referencias
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P. Snow, The Two cultures and theSscientific Revolution, New York, Cambridge University Press, 1959.
John Brockman (ed.), La tercera cultura. Más allá de la revolución científica. Tusquets, Barcelona, 1996.
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Lepenies, Las tres culturas. La sociología entre la literatura y la ciencia (1985), FCE, México, 1994, traducción de Julio Colón


